CRÓNICAS DE LA ESPAÑA NEGRA



EL ASESINO DE PEDRALBES (G. Herralde, 1978)
CADA VER ES (A. García del Val, 1981)


Prisión de la Modelo, Barcelona, 1978. Gonzalo Herralde y su equipo se internan entre las celdas hasta llegar a José Luis Cerveto, condenado a cadena perpetua por un brutal doble asesinato.
Facultad de Medicina, Valencia, 1981. Un grupo de jóvenes encabezados por Ángel García del Val visita los sótanos de la facultad para entrevistar y filmar a Juan Espada del Coso, la persona encargada de la conservación de los cadáveres con los que los estudiantes pueden realizar sus prácticas.

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De ambos encuentros, unidos, a priori, únicamente por la cercanía espacio temporal, nacerán dos de las películas más singulares y arriesgadas del cine español. Hablamos de El asesino de Pedralbes y de Cada ver es.

El dictador ya no está en el mundo de los vivos y en esta nueva España comienzan a aparecer los cadáveres de debajo de las alfombras: sexo y muerte inundan la pantalla. En la primera de las dos, el asesino toma la palabra para analizar su vida y buscar en ella las causas de su caída en desgracia. En la segunda, el conservador de los cadáveres repasa su vida pero, sobre todo, su trabajo y su relación con los muertos. Estamos ante un descenso a los infiernos a tumba abierta. Sus protagonistas, desde la penumbra de la celda y de la morgue, desnudan ante la cámara recuerdos, confesiones y sueños. Sólo a través de barrotes intuyen el mundo exterior: el asesino pederasta mira melancólico a los niños que juegan en el exterior, mientras que el conservador de cuerpos sólo alcanza a ver las piernas de esos alumnos que le temen y se burlan de él a sus espaldas.

Sin embargo, la mirada separa por completo estas dos propuestas. El punto de vista desde el que se aborda al Otro es determinante en el triángulo de miradas que se establece entre el realizador, el protagonista y finalmente, nosotros, los espectadores a los cuales estos “olvidados” nos devuelven la mirada para cuestionarnos toda clase de preguntas incómodas (escenificada en sendos planos sobrecogedores con los que finalizan ambas cintas).

Cada ver es se aparta radicalmente del documental y lo hace conscientemente. En todo momento, la narrativa está rota y Juan Espada y sus cadáveres están subordinados a apoyar una gran fábula de horror y absurdo, un ejercicio inclasificable con elementos del cine de terror, el psicoanálisis, el surrealismo y el humor más castizo. El dispositivo fílmico – micros, magnetófono, miembros del equipo- está presente desde casi el principio, pero al mismo tiempo García del Val apuesta por puestas en escena en las que su protagonista parece dispuesto a todo, incluso a hacer tristemente el ridículo. Uno pasa de la estupefacción a la risa, y de la carcajada inmediatamente a la náusea.

Es absolutamente imposible eliminar de nuestra memoria la imagen del pozo donde los cuerpos permanecen hundidos con una soga al cuello. Tras el montaje caótico y los encuadres expresionistas en los que se acumulan vísceras y miembros en descomposición – todo ello enfatizado con música aún más inquietante- por momentos el tiempo se detiene y gotea insoportablemente mientras Juan Espada saca con enorme esfuerzo un cadáver gris del pozo. Es sólo un paréntesis. El efectismo tiene también sus frutos, consiguiendo clavar en nuestras retinas otras secuencias como la del bebé congelado, acompañada por el tema de amor que Bernard Herrman compuso para Vertigo. Sin embargo, resulta descorazonador que la asimilación de la muerte contra el tabú social que persigue García del Val no llegue a través de su inolvidable protagonista sino por la simple acumulación de cadáveres.

Cada ver es podía haber sido muchas otras cosas, pero para mejor o peor, es irrepetible por lo que es.

Frente al radicalismo formal de García del Val, Gonzalo Herralde propone una mirada radical por su valentía y humanidad. El asesino de Pedralbes no trata el drama de un asesinato sino el drama que vive el asesino en su insoportable necesidad por comprender su violencia extrema y su amor por los niños, y al mismo tiempo, por ser comprendido. El intento que se traza a lo largo de la película por comprender, que no por perdonar o justificar, dignifican a su protagonista, José Luis Cerveto, hasta lograr salvarlo de la categoría de monstruo a la que está condenado.

El documental se apoya en la reconstrucción de algunos sucesos de la vida de Cerveto en los lugares donde ocurrieron, a veces con algunos de sus protagonistas y otros con la propia voz over de Cerveto sobre los escenarios vacíos. Junto a ello se añaden entrevistas con su abogado y otras personas relacionadas con el caso que unen sus voces al grito del protagonista para remover los cimientos sobre los que se asientan nuestra sociedad y algunas de sus instituciones. El ritmo con el que se suceden es frenético, y quizá esto se le pueda achacar por exceso, aunque por otro lado la película no hubiera sido entonces tan breve (84 minutos) e intensa como es.

La cercanía y el nivel de intimidad logrados en los encuentros con Cerveto son las claves en todo momento. Aunque no sea constante, filmar el cuerpo y la palabra del asesino y mostrar su relato sin interrupciones constituyen una decisión esencial para la percepción que tenemos de la película. Pocos crímenes han sido narrados con tanta crudeza.

Espada y Cerveto quedarán para siempre, gracias a estas dos películas, unidos a la esencia de eso que se ha llamado la España negra, y que no es más que una muestra más de los impulsos extremos que nos mueven a todos.

Daniel García

1 comentario:

Anónimo dijo...

El blog está cojonudo. Muchas gracias por compartir todo este material. Por otro lado, estoy tratando de conseguir tanto Cada ver es de Del Val como The green gate y The red gate de Hollis Frampton. Estoy trabajando en un proyecto que tiene que ver con el tema y me serían de mucha utilidad. ¿Sabrías tú o algún lector como conseguirlas? Gracias de nuevo. Un saludo. (pimkoz@gmail.com)